
Este año se cumple un siglo de la presentación al público de “El Beso” en la Exposición de Arte de Viena ( 1908 ) por parte del pintor austriaco Gustav Klimt, que en aquel entonces lo presentó bajo el título de “Los Amantes”.
Como suele ocurrir en estos casos, el mercado es el primero en recordárnoslo con libros, reproducciones, mecheros, o lo que haga (o no) falta. Y yo fui uno de los que acudí a su llamada, regalándole a mi madre “El Beso” de Elizabeth Hickey, libro que recrea y fantasea por igual sobre la relación entre Klimt y su gran amiga Emile Flöge, y donde se explica como ambos son los modelos del cuadro (interpretación hecha por la mayoría de especialistas ya que él nunca lo explicó).
Pero volvamos a mi madre. Ella siempre me mostró una admiración hacia la obra de Klimt, pero sobre todo de “El Beso”, admiración que ha conseguido contagiarme a partir de la reiteración y la propia belleza del mismo.
Más allá de interpretaciones o análisis artísticos (que no es mi fuerte), he de confesar que una de las cosas que más me atraen de este cuadro es el uso de los colores, y en concreto de los dorados. Nunca me ha atraído el dorado, su actual uso acostumbra a ser reflejo de ostentación y mal gusto; no hay hortera que se resista al brillo del oro.
Quizá pueda decirse entonces que no hay color feo, sino feas utilizaciones del color.
Gracias Klimt.