El Gintonic perfecto se toma en un buen copón, tipo Burgundy, con mucho hielo. Una ginebra seca que puede ser Giró (para hacer país) acompañada de una tónica Fever-Tree. Un poquito de limón exprimido, natural, nada de mariconadas tipo Pulco, y el toque final: un twist de limón, que antes de introducirlo en la copa lo frotaremos por su borde.
El primero de la noche, después de cenar, es sencillamente glorioso. El segundo es para recrearse. Pero ya no hay que buscar un tercero. La tónica nos empalagará y arruinaremos la agradable sensación de los dos primeros. Momento en el que será mejor pasarse a otro combinado, o a un infalible whisky con hielo.
Yo estaba disfrutando del primero mientras esperaba a mi amigo Pablo, aunque a falta de una Fever-Tree, el camarero utilizó una Schweppes. No pasa nada. El resto estaba perfecto.
- ¿Está a su gusto? – me pregunto retóricamente el aplicado barman al ver como disfrutaba de los primeros sorbos y jugaba empujando suavemente algunos hielos con el índice mientras contemplaba como ascendían más burbujitas.
- Muy bueno.- respondí.
El hombre, que debía rondar los cuarenta, no se movió del sitio y continuó secando unas copas que estaban más que secas y relucientes, mirándome como a la espera de un juicio algo más extenso, o simplemente en busca de conversación. Pero yo, lo único que deseaba era disfrutar del gintonic mientras esperaba a Pablo.
- Excelente. – me extendí tras un nuevo sorbo, esperando que eso fuera ya suficiente.
A lo que él asintió con ligeros balanceos de su cabeza y una sutil sonrisa de satisfacción. Pero sin moverse del sitio y secando más copas secas.
Miré a mi alrededor, en busca de nada y tratando de ahuyentar al persistente barman. En el pequeño local solo habían dos clientes más sentados en la otra punta de la barra. Eran dos puretas: uno rubio y otro moreno, que me resultaron familiares pero que era incapaz de ubicar. Nadie más. Poca luz y John Coltrane de fondo.
Le di otro buen sorbo al refrescante gintonic y le ofrecí, resignado, una leve sonrisa al barman que continuaba frente a mi.
- Buena música. – me rendí. A lo que añadí “se está bien aquí.”
- ¿Es la primera vez que viene?
- No. Aunque hacía tiempo que no venía.
- Bueno, yo llevo apenas dos meses trabajando aquí, pero estoy encantado. – a lo que remató con un exagerado “Aquí soy feliz.”
- Aha. – es lo único que se me ocurrió.
- ¿Sabe? Yo antes era diseñador gráfico. Dieciséis años en un mismo estudio! Me ganaba bien la vida. Un buen piso. Casado. Todo aparentemente perfecto. Nada más lejos de la realidad. – hizo una pausa para colocar en su sitio la última copa ultrarreluciente y dejar el trapo sobre la barra. – Nos separamos. Bueno, ella me pidió el divorcio. Yo me quedé hecho polvo. Y entonces me di cuenta de que mi vida era totalmente insulsa. Yo no disfrutaba realmente con el trabajo y además me sentía muy solo. – otra pausa – En el fondo creo que esa separación ha sido lo mejor que me podía haber pasado. Porque me hizo abrir los ojos y venir a parar aquí.
- Aha – “Este tío está fatal” pensé.
- Gano menos dinero, pero aquí disfruto con mi trabajo. La elaboración de un cóctel es todo un arte, incluso el de un simple gintonic. Me encanta! Además conozco a gente de todo tipo y… – se inclinó como quien pretende hacer una confesión – no paro de ligar.- confesión que acompañó de una pícara sonrisa. – Hecho que me ha permitido darme cuenta que mi mujer era todavía más insulsa que yo.
- Ya. El poder de la barra.
- Correcto. Porque como puede observar, yo no es que sea un tipo muy agradecido físicamente – no lo era en absoluto – pero es increíble lo que hace una barra.
- Sí, ya se a lo que te refieres. Yo fui unos cuantos años camarero en una discoteca.
- ¿A sí? Pues en una discoteca debía ser un no parar ¿no? ¿Y porque lo dejó?
- No me trates de usted, por favor. Bueno lo cierto es que a mi no me gustaba tanto el trabajo como a ti, aunque he de reconocer que tenía sus ventajas. De hecho allí conocí a mi media naranja.
- Enhorabuena! ¿Casados?
- Bueno, ya no estamos juntos. Se acabó.
- Vaya. – respondió un tanto confuso – Lo siento. Seguro que entonces no era su media naranja. ¿Y ahora a que se dedica? Perdón ¿A que te dedicas?
- Curiosamente trabajo en un estudio, de diseñador gráfico. Al revés que tú.
- ¿En serio?! Que curioso ¿No?
- Sí. – cansado de la conversación. Aunque, en el fondo, igual de sorprendido.
- ¿Y eres feliz?
- Creo que no tanto como tú. Pero el trabajo me gusta, si es a lo que te refieres.
- Bueno, eso está bien. – aunque si hubiese dicho “te compadezco” habría sonado igual.
Afortunadamente, en ese punto hizo aparición Pablo y tras pedirle al barman su gintonic comenzamos a charlar, librándome por fin del extrañamente feliz barman, que se desplazó discretamente hacia donde se hallaban los dos puretas al ver que no lo hacíamos partícipe de nuestra conversación.
Tras el segundo gintonic y mientras Pablo me comentaba las miserias de la noche barcelonesa, yo no podía sacarme de encima la extraña sensación que me había provocado la conversación con el intrometido barman. “Que coño sabrá este de la felicidad” pensé indignado.